Dos ciudades, un tren

Cada viernes a las 18:40, Mei esperaba en el mismo tramo de andén en Hangzhou, mirando abrirse las puertas, buscando una chaqueta naranja. Chen tomaba el tren de las 16:12 desde Shanghái, ese que paraba en cada pueblo que valía la pena nombrar, y llegaba con una bolsa de fin de semana y una sonrisa cansada y un poco torcida que ella reconocía a cincuenta metros.
Durante dos años ese fue su ensayo del matrimonio. Los domingos por la noche eran lo peor. Tenían una regla — no llorar en la estación, esperar a que el tren arrancara — que rompían casi siempre.
Lo difícil no era la distancia. Era lo cotidiano. Una vez Mei rompió a llorar no porque lo echara de menos, sino porque había comprado dos cartones de leche y no recordaba cuál era el suyo. Chen guardaba una lista de todo lo que quería enseñarle y para el viernes había olvidado la mitad.
Lo que los salvó fue pequeño y terco. Un teléfono en la encimera con la videollamada encendida, para cenar «juntos» en silencio. Un calendario compartido que solo tenía sus dos nombres. Una postal barata cada mes, siempre tarde, siempre con las mismas tres palabras y un chiste.
El último domingo antes de que llegara el traslado de Chen, esperaron en la estación como siempre. Las puertas se abrieron y él no subió. «¿No vuelves?», preguntó Mei. Él negó con la cabeza, metió la mano en la bolsa y sacó un llavero. «No hay vuelta», dijo. «Solo aquí.»
Ahora viven a diez minutos de ese andén, en un piso con un solo cartón de leche en la nevera y ninguna cuenta atrás en el calendario.


