El paraguas compartido

La lluvia empezó sin avisar, como empieza a principios de verano, y la parada de autobús de la calle Huaihai no tenía refugio que mereciera ese nombre. Lin se cubría la cabeza con un periódico doblado, lo que servía más o menos como un sombrero de papel en un huracán.
Wei la vio primero porque se reía de su propia situación en vez de quejarse. Se acercó, abrió un paraguas plegable azul y barato que había comprado por once yuanes en una tienda de conveniencia y lo inclinó hasta cubrir a los dos.
«Tendrás que andar con pasos pequeños», dijo. «Esto no está hecho para dos.» Ella lo hizo, y así cruzaron cuatro manzanas hablando de nada: el autobús que nunca llegaba, un perro refugiado bajo un toldo, el olor de alguien friendo tortitas de cebolleta. Cuando llegó su parada, él le puso el paraguas en la mano y bajó bajo la lluvia.
Ella intentó devolvérselo. Él ya se alejaba, con una mano levantada, medio girado, sonriendo. «Quédatelo», gritó. «Está claro que lo necesitas más que yo.»
Lin tardó tres semanas en encontrarlo, sobre todo por quedarse en la misma parada a la misma hora con el mismo paraguas prestado. Cuando por fin apareció, empapado otra vez, ella se lo tendió. Él miró el paraguas, luego a ella, y dijo la frase que repiten cada aniversario: «Podrías habértelo quedado.»
«Y tú», responde ella siempre, «podrías haber comprado uno más grande.»


