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La regla de los domingos de tortitas

La regla de los domingos de tortitas

La regla empezó como una broma. En su tercera cita, Ben intentó hacer tortitas y sacó algo más parecido a un frisbee. Rosa dijo, sin dudar: «Entonces más te vale practicar. Cada domingo. Hasta que te salgan.»

Tardó ocho meses en que le salieran y once años en parar. Para entonces las tortitas eran solo una parte. El domingo era el día en que no programaban nada, no contestaban correos, no discutían por dinero ni por los suegros ni por a quién le tocaba. El domingo era suyo.

Mantuvieron la regla durante una mudanza a otra ciudad, durante las dos operaciones de Rosa, durante el año en que Ben se quedó sin trabajo y fingió no tener miedo. Ese año las tortitas salían más finas y el sirope se acabó, y ninguno de los dos lo mencionó.

La regla también sobrevivió a las cosas pequeñas, que son las que de verdad desgastan un matrimonio: los meses de estar cansados a la vez, la forma en que el duelo y el fastidio caben en la misma frase, la tentación de dejar pasar un domingo.

Cuando su hija fue lo bastante mayor para subirse a una silla y sujetar las varillas, la nombraron catadora oficial. Ahora tiene ocho años, se toma el cargo muy en serio y tiene opiniones sobre los arándanos que nadie le pidió.

A veces le preguntan a Rosa cuál es el secreto. Siempre da la misma respuesta, que en realidad no va de tortitas: «Mantuvimos una pequeña promesa hasta que se convirtió en toda una vida.»

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